viernes, 24 de agosto de 2007

LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (y 2)

LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (y 2)


La casa o casas de “Copa de sombra”, relatadas por Acquaroni, se identifican por datos históricos ajenos a la novela y algunas pistas que el propio autor da. Sólo con la hermosa descripción no hubiéramos sabido ubicarlas, pues carece de precisión. Acquaroni no tuvo otra intención que la de crear una circunstancia literaria, y por tanto no la de recoger un riguroso testimonio histórico. Lo mismo que ocurre en el resto de esta obra desarrollada en la imaginaria Santa María de Humeros.
La morada de la supuesta “tía Anastasia”, y luego del farmacéutico “Mancare” marcada con el número 13 y señalada con el 19 en el PGOU (protección global, B-7) de la calle Caballeros, quedaba obligada a conservar como “elementos de interés tipológico: espacios de acceso, patio principal y elementos de articulación espacial del edificio. Fachadas y crujías asociadas a las mismas”.



Presenta una fachada regular (12.50 metros) con tres huecos en el principal: balcón-cierro, balcón y, balcón-cierros, sostenidos por dos sencillas ménsulas cada uno; y el bajo: cierro, portada y cierro de escaso vuelo, casi a ras del muro y a distintas alturas respecto a la pendiente de la calle Caballeros. El pretil de la azotea corona la fachada de la casa. Se imposta el primer piso con unas molduras que sobresalen por las bandejas de los balcones, y el principal con otras molduras continuas. Se trata de una fachada reformada en el siglo XIX que permanece hoy a modo de pantalla, bambalina o burdo trampantojo; sobre una estructura de siglos anteriores, ya desaparecida después de la obra de demolición en el interior de la casa, donde los 286 metros cuadrados originales se han alterado en perjuicio de la conservación del Patrimonio Histórico y su entorno.
En el mismo eje central de la portada y de la “casa-puerta” (con portón y no cancela como describe el novelista) se encontraba un pequeño patio de mármol (14.50 metros cuadrados) separado de la galería por unas puertas acristaladas. Más al fondo se hallaba un patio falso con menos de la mitad de superficie que el principal, y un patinillo. A su alrededor circundaban las habitaciones, salón, cocina, comedor de verano, etc. El alto mantenía la misma distribución, y en su galería principal tuvo un oratorio por los tiempos de Micaela Terán. Bajo su patio, un aljibe surtía de agua a la casa, tal como apunta Acquaroni, y se reveló en la obra de semidemolición.
Esta casa fue adquirida en 1853 por Cipriano Terán Carrera (1791-1877) que como su hermano menor Rafael emigró de Soto (Santander) hasta Sanlúcar donde mediante el comercio y, el negocio bodeguero después acumuló una gran fortuna. A el se debe la construcción de la catedralicia bodega de “La Arboledilla”. Y curiosamente, murió por “reblandecimiento cerebral”, el mismo caso que otro prohombre de la manzanilla, León Argüeso. Entre sus descendientes, D. Cipriano cuenta con varios escritores: José María Ruiz de Somavia (poeta), José Luis Acquaroni Fernández (médico y marino, escritor y orador) padre del novelista nombrado, y Eduardo Mendicuti; amén de monjas, el fraile hospitalario de San Juan de Dios y fundador del Hospital de Santa Rosalía en Jerez: Carlos González Fernández, o el notable sacerdote Carlos González García-Mier.




La casa fue heredada por su hija Micaela y en el mismo año su marido Carlos Fernández Bescaglia adquirió la casa trasera de Monte de Piedad. Y aquella a su vez se la deja en herencia a su hija también llamada Micaela Fernández Terán (1868-1951), quien viuda y octogenaria realiza una cesión a renta vitalicia con derecho de habitación en el bajo (figura similar, pero menos gravosa que los actuales “créditos hipotecarios inversos” bancarios) a los hermanos Concepción, Teresa y Bartolomé Álvarez Mora, los cuales ocuparon el alto de la casa, y además atendieron obsequiosamente a la cedente. Este vitalicio, que en la novela “Copa de Sombra” sirve de chanza a José Luis Acquaroni, fue ofrecido antes por la menesterosa anciana a varios parientes, aunque ninguno lo aceptó. Para mala suerte de sus herederos, la vieja señora murió al año de hacer el vitalicio –jurídicamente correcto y pormenorizado- y, el farmacéutico Álvarez Mora y sus hermanas corrieron mejor destino al encontrase con casa a un módico precio.
La casa donde vivió el novelista Acquaroni en la calle Caballeros 11 y 17 en el PGOU, también protegida, mide 168 metros cuadrados y 9.70 de largo de fachada y es contigua a la anterior. Asoman a la calle desde el bajo un cierro de poco vuelo y la puerta (cuyo zaguán carece de cancela); en la misma línea, desde el principal un balcón y un cierro, el primero apoyado en tres ménsulas con caveto, y el segundo por dos ménsulas a las que se le debieron caer los cavetos. La casa tuvo tejado a dos aguas que recaían sobre canelones –tal como describe Acquaroni- y, el interior contiene hoy un patio acodado y no acristalado. Probablemente tuviese arabescos tal como narra el escritor, pero debieron deteriorarse y al final desaparecer las yeserías.
Fue adquirida esta casa por Regla Fernández Terán en 1928, aunque los Acquaroni Fernández estuvieron empadronado aquí en 1887, y antes en la calle Bretones (1882), después en la calle Ancha 16 (1895), y luego en la de San Juan (1903). En 1955, la hermana del escritor –Alejandrina- vendió la casa de la calle Caballeros, que todavía se mantiene. Y gracias a la magistral pluma de José Luis Acquaroni se conservan literariamente las dos casas glosadas.

lunes, 13 de agosto de 2007

LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (1)



LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (1)

Como en cualquier novela el autor mezcla elementos reales y ficción, lo que da como resultado una mayor verosimilitud, y en el caso de “Copa de Sombra” aparece un crudo realismo en un sencillo entramado de nudos tristes, donde en algunas ocasiones saltan los colores angélicos de los recuerdos de una niñez sencilla y sin complicaciones vitales.
Esto ocurre cuando Acquaroni describe la casa donde vivió en la calle Caballeros, ya que se ve igualmente como funde bellas descripciones de casas distintas: la número 11 y la 13 entre otras. Desde el punto de vista arquitectónico, como se verá, la once es de menor prestancia (extensión, tratamiento de fachada, simetría, etc.) que la trece –hoy vaciada y conservada solo en fachada-, aunque no por ello de menor importancia.




José Luis Acquaroni Bonmati (1919-1983), a los dos años de nacer en Madrid, viene con sus padres a Sanlúcar a la casa de Caballeros 13, que fue donde viviera su bisabuela, Micaela Terán y Mier, (por entonces unida con otra casa trasera en Monte de Piedad) y luego su tía abuela Micaela Fernández Terán (la tía Anastasia de la novela). Pues su abuela, María Fernández Terán al quedar muy joven viuda de Antonio Acquaroni Díaz -impresor, más dedicado a las humanidades que a los negocios- es amparada por su familia en el Barrio Alto, dejando su domicilio de la calle San Juan 8. Y será a partir de 1928, al adquirir, si antes no la tenía arrendada, la tía Regla Fernández Terán, casada y sin hijos, la casa de Caballeros 11, cuando los Acquaroni Fernández se acojan en ella. Años después un hotelito en la Calzada, mandado construir por Trinidad Delgado Cisnero, consorte de Carmen Fernández Terán, hará las delicias de los Acquaroni, y que con asiduidad frecuentará el novelista para visitar a su madre Rosa Bonmati Aragón.
Entre 1921, hasta que José Luis Acquaroni marche a Hispano-América en 1955 y, luego forme su hogar en Madrid, Sanlúcar ha quedado suficientemente fijado en su retina. Copa de sombra (1974) recibe el Premio Nacional de Novela en 1977, el primero en democracia. Antes de dar unas pinceladas descriptivas e históricas de las casas 11 y 13 de la calle Caballeros, es preferible transcribir la descripción literaria de Acquaroni sobre su morada: Se aproxima Abel. Está a escasos minutos y teme sentirse defraudado. Pero eso, antes de la llegada, insiste otra vez en la rememoración. Era muy hermoso, impoluto, todo de mármol blanco con arabescos, el patio de la casa de su infancia. Y el zaguán. Y la escalera. Todo de mármol blanco con arabescos. Las columnas, más bien tirando a traventino romano, las había comprado cuando el derribo de la casa de un aristócrata, cuya estirpe habíase deslucido de tal manera que sus descendientes –esto se lo contaba de niño y él no lo podía comprender- trabajaban de simples braceros en el campo. [… ]
El tirador, con el pomo priápico, aparece regruñido. Como en sus días de niñez. Recuerda al verlo que hasta los seis o siete años no tuvo fuerza para accionarlo, y aporrear el primer portón por dentro, valiéndose del mango del cerrojo como llamador. Su autoestimación ganó muchos puntos el día que le fue posible culminar el movimiento de tracción, llevándolo hasta tope, para soltar luego el tirador y oír el musical campanillazo resonando entre los muros y escapando hacia el cielo en la dirección señalada por la flecha verde de la araucaria. El campanillazo brotaba por entre los barrotes de la cancela de hierro forjado y le golpeaba al niño Abel la frente y las entrañas. […]
Aquella casa tuvo siempre para Abel algo de conventual. Contrapesado con el descubierto de la cancela y, sobre todo, con la generosidad solar, que rompía cualquier clima de clausura. Pero en aquellos momentos, con la tarde ya venciéndose y la adustez en el rostro y en el atuendo de la mujer al otro lado del herraje, la sensación de estar ante la hermana portera se le hizo a Abel más aparente que nunca. Le preguntó a la mujer:
-¿Es usted la casera?
El mármol desbordaba su albear por las paredes, hasta el segundo piso y la azotea. Aquel lustre, aquel claror, aquella potencia de luz, pese a la sombra de la araucaria, pedían en los veranos un tupido cedazo: el toldo de lona rayada, que al ser replegado, justo a aquella hora, se dolía con un sahaa, shaa, shaa producido por la fricción de las argollas sobre la parrilla de las guías.
-Una servidora vive en la casa de al lado, la que fue de su tía Anastasia, y que hoy pertenece a mi hermano, Braulio Mancare, el farmacéutico.
La presencia de aquella mujer le resultaba a Abel molesta. Se puso a pensar en que aquello de las afueras del pueblo se parecía al patio aquél de sus juegos, salvo en la luz y en el verde enhiesto de la araucaria, tan vertical y sabiamente distante que ni rozaba los balconcillos. Y como diáspora de la gentil conífera, alrededor del gran macetón en forma de tonel truncado, tiestos menores, también de madera y aros de cobre reluciente, con helechos, aspidistra con lo de las afueras del pueblo. Porque, con una extraña fuerza de penetración, por quiebra casi invisible, el estuco de aquella bóveda estaba colgado de finas raicillas, tan finas que parecían hilos de tela de araña, alimentadas, es de suponer, por las emanaciones de las vidas que allí se evaporaban. […]
La cristalera que separaba la galería del patio propiamente dicho le había impedido a Abel el ver cuanto ansiaba ver. Y lo primero que echó de menos fue la verde y recta vocación de luz. Porque el gran macetón y la araucaria ya no estaban. En su lugar, junto a la tapa del aljibe…Y Abel recordó que todo bajo el suelo del patio y el traspatio era una oquedad, y que el agua que se extraía por medio de una bomba accionada a mano, allá al fondo, junto a la puerta de la cocina.
Le dieron ganas de correr hasta el traspatio, a comprobar si la bomba de la palanca graciosamente curva y la piquera borbollante en arcadas discontinuas, se conservaba todavía o había desaparecido también. La palanca, con sus relieves futuristas. […]
Las golondrinas piaban acogidas a la resonancia de los canelones de cinc de la azotea.

jueves, 2 de agosto de 2007

ÁVIDAS TORRES-MIRADORES

ÁVIDAS TORRES-MIRADORES





No puede la vista gozar tanto como al volar sobre el triángulo artístico formado por la Iglesia de Santo Domingo, la vetusta Araucaria y las torre-mirador del Carril de San Diego o la de la calle Diego Benítez.
La pétrea Santo Domingo parece que fue concebida como un altar cerca del cielo, pregonado por su majestuoso cimborrio con cúpula, a su vez adornado con jarras de flores, alado por bordadas balaustradas y ensalzado por su sonora espadaña, rezumando el arte del Renacimiento por sus cuatro costados.
Ante este magnífico solideo de piedra resultan pequeñas y prosaicas las torres-miradores, poco espirituales y más crematísticas, y no llegan a alcanzar la nobleza de las torres guerreras del Castillo, aunque los burgueses moradores con toda la plata de América lo pretendieran.



Cuenta la tradición que a través de estas torres-miradores de los siglos XVII y XVIII los grandes comerciantes con avidez de beneficios veían partir los barcos cargados con sus mercancías rumbo a las Indias Occidentales, o con impaciencia el regreso de los mismos llenos de sus ganancias en plata, oro u otros productos indianos. Incluso la leyenda recuerda la desesperación de algún cargador que ante el hundimiento de su navío en las entrañas de la barra, se lanzó al vacío desde lo alto de la torre. Así las gastaba la dichosa broa y barra, elemento de discordia entre Sevilla y Cádiz por llevarse el puerto único del comercio con América a su territorio.



Probablemente a raíz de la tradición se haya identificado torre-mirador con casa de cargador a Indias. Sin embargo en Sanlúcar no todos levantaron torres en sus caserones: Vargas Machuca (calle Carmen esquina Trascuesta), Gil de Ledesma (Carmen esquina Carril de San Diego), Loaysa (plaza de la Victoria), González de Ceballos (Mar esquina Diego Benítez)…; incluso en 1878 ya independizada la América continental, aún se solicita al Cabildo permiso para construir un mirador. Es posible que en este siglo se desmocharan de tejas algunas torres y se colocaran pretiles de barandillas de hierro, si es que no se hicieron de nueva planta (casa Bolsa esquina a Cruces o la de “los dos relojes” y torre entre plaza Cabildo y calle Capillita).
Las torres-miradores responden más al afán de prestigio de la oligarquía que a una función de control del movimiento fluvial, más al recreo y vanidad que a un fin práctico.
De Cádiz sólo se traen dos modelos de torre-mirador: el de terraza con pretil (Casa en Diego Benítez) y el de silla con respaldo (Casa Arizón, Casa de Cruzado de Mendoza o Maternidad); pues no se adoptan ni el de “garita” –de inspiración militar-, ni el mixto de “silla y garita”, tal vez por no ser necesaria tanta altura para divisar el horizonte fluvial o por no tropezar la vista con otras casas similares como ocurría entre las densas y cercanas edificaciones de Cádiz.




En cambio, se recurre a la torre con los tejadillos a cuatro aguas (con cierta semejanza a los miradores que lo conventos monjiles levantan sobre la bóveda de sus iglesias), en el que se abre un balconcillo o mansarda en el lado orientado al mar: casa del Carril 20, casa Cuesta de Ganado esquina a Baños, casa calle Mar esquina Bolsa, casa calle San Agustín, la destruida de la calle Trillo, antigua casa de Montegudo en calle Santo Domingo, la desaparecida lindera esquina a Carril, las trillizas de la calle Fariña esquina a Don Claudio, la de la calle Alcoba, la de entre Carmen y Regina, etc. Estas torres son más propias del caserío urbano de Sevilla así como de las haciendas y cortijos de su campiña. Y así las revivirá la arquitectura regionalista de principio del siglo veinte y, subsiguiente tardo-barroco aún vigente.




En el Barrio Bajo se utiliza más la torre-mirador que en el alto, pues aquí por estar por encima de la barranca obviamente la casa del cargador se conforma con menos altura. De planta cuadrangular, la torre mirador suele tener dos pisos más remate. El primero se alza a la misma altura que el principal o el “soberao” y el segundo queda totalmente exento. Buscando siempre la mejor visibilidad del mar, puede situarse en la crujía principal a plomo del muro de fachada, la minoría de las veces, en la esquina de dos calles; o bien por lo general se coloca en la crujía del fondo, siempre buscando la visibilidad y la sensación de verticalidad.

La torre-mirador de la calle Diego Benítez debió pertenecer a la casa de su espalda en Benegil, que presenta mayor empaque en su fachada y en su interior (Mesón de Pozo o “Siglo XXI”). Y es en su segundo piso, donde la torre abre sus huecos tan característicos. Esta presenta tres ventanas a cada lado en arco de medio punto resaltados con molduras que quedan separadas por pilastras cuyos capiteles recogen una cornisa volada. En cambio, el remate muestra una azotea coronada por dieciséis merlones con punta de diamante de doble altura que el pretil-almena que los separa.

lunes, 30 de julio de 2007

LA BODEGA “EL CUADRO”. DE AMBROSY A HDROS. DE ARGÜESO

LA BODEGA “EL CUADRO”. DE AMBROSY A HDROS. DE ARGÜESO



Esta bodega se encuentra ubicada en la calle Trasbolsa con el número tres, y hace ángulo con la calle Castelar y Banda de la Playa. Fue construida en la época fernandina lo mismo que la Aduana de Bonanza (Colegio de los Maristas), y también con gusto clasicista. Su fachada principal se compone con una portada sobre suave arco rebajado enmarcada en un ancho resalte que se corona con tres bolas; a su lado derecho, seis ventanas rectangulares cerca del tercio superior del muro, y al izquierdo cuatro. Cuenta con un segundo piso o granero cuyo lado más largo da enteramente a la calle Castelar. Todo el edificio se remata con pretil que cierra la azotea, que quizás se concibió así o bien fue sustituida por un tejado. Está catalogada como de protección global (B-36).
Está en la línea de la Banda Playa más antigua como otras bodegas, cuyos extremos son la Avda. Quinto Centenario (antiguo Arroyo de San Juan) y la calle Trasbolsa y Pirrado, dejando atrás la “Plaiya de la Red”. Este frente sólo coincide parcialmente con el cordón que cierra por la playa el casco antiguo que fuera declarado en 1973 conjunto histórico- Artístico, pues en el Carril de San Diego se retranquea para meterse en la Trasbolsa hasta Mar prosigue por la Bolsa hasta desembocar en San Nicolás. Fuera de este contorno quedaron numerosas bodegas olvidadas por el legislador del 73, tal vez porque no se le ocurrió que Sanlúcar iba a dejar de vivir de la vitivinicultura, para apoyarse económicamente sólo en la construcción.
En la frontera externa de conjunto histórico, el PGOU de 1987 sólo contempló tres bodegas: “La Guita” en Banda Playa/Pescadería (B-71) y “La Gitana” en Banda Playa/Calzada. Menos cicatero, el PGOU del 97, que protegió en esta zona una más: “San Miguel” (B-127).
Total, fuera y dentro de casco histórico, en el 77 fueron protegidas globalmente trece bodegas, y en el 87 catorce añadiendo tres más con protección parcial. Y al día de hoy hay que restar las demolidas ilegalmente, la de “Pérez Megía/Medina”, en Avda. Constitución (B-131) y otras.



La tradición oral cuenta que la bodega de Trasbolsa 3, tomó su nombre porque decían que era tan bonita como un cuadro. También la bodega de “El Toro” de Barbadillo se llamaba “El Cuadro”, y probablemente en ambos casos su origen esté en la hechura de planta cuadrada. Aunque, en otros casos sea la razón, que un bodeguero culminara su bodega tras construir dos o mejor cuatro naves alrededor de un patio.
Esta bodega fue labrada de nueva planta por Francisco Ambrosy (fallecido en1826) sobre el terreno que anteriormente ocupaban cuatro casas, “formando un cuadrilongo, en cuya parte baja hay varias bodegas y sobre una de ellas está construido un granero” –inscripción registral de 1.864-. Era su superficie de 2.007 varas, y su medida real y actual supone unos 1.232 metros cuadrado. Contiene un patio de columnas de doce por once metros.
Muerto aquel, dejó la bodega a sus sobrinos gaditanos José Eusebio y Antonio Tomás Ambrosy Talavera, también avecindados en Sanlúcar y “del comercio”. Ambos nacieron en Cádiz, de padre lisboeta con origen genovés y madre gaditana. Murieron en Sanlúcar, el uno en 1880 en la calle Santo Domingo 50, y el otro al año siguiente en el 52 de la misma calle.
En 1864 compra la bodega Camilo La Cave Domínguez –yerno de José Eusebio Ambrosy- por 160.000 reales líquido. Quien la venderá a sus hermanos menores Adolfo y Juan Luis La Cave por 140.000, que ya anteriormente eran beneficiario de una hipoteca de 320.000 reales constituida por José Eusebio. Entre éste, dedicado a la política (Alcalde), viudo de Catalina Álvarez, y el yerno esta rama de Ambrosy vinieron a menos. La rama de Antonio Tomás, los Ambrosy Luchi entroncarán con otras familias bodegueras: Barbadillo, La Cave, Miler, Romero, Márquez, Hidalgo, Gutiérrez.
Los dos hermanos, Adolfo y Juan Luis, venden la mitad de la bodega en 1871 por 120.000 reales y luego la otra mitad a Dolores Rodríguez Chaveau –indiana de Maracaibo-, viuda de otro indiano burgalés, Manuel López Barbadillo. Fue heredada por una su hija Mercedes López Rodríguez, valorándose por entonces en 118.750 reales. Luego la adquiere Concepción Díaz Luchi, viuda de Cayetano Ñudi Gil de Ledesma en 120.000 reales o 30.000 ptas. en 1879. Y la heredará su hija Rosario Ñudi Díaz por valor de 33.025 ptas., cómyuje de Joaquín Delgado Zuleta, para quien el mejor negocio era no hacer negocios. La bodega fue vendida en 1896 a Juan Argüeso Gutiérrez heredero de León Argüeso-, por 22.200 ptas, al igual que la casa de la calle Bolsa con fondo a Trasbolsa, de estilo historicista-ecléctico, hoy cerrada y casi abandonada. La sociedad anónima mercantil “Herederos de Argüeso” dejó de ser su propietaria hace pocos años, tras haber realizado unas costosas obras de conservación. Este edificio resulta de gran interés para conocer la evolución en la arquitectura industrial bodeguera de Sanlúcar.

miércoles, 18 de julio de 2007

COMERCIOS CON ANTIGÜEDAD. “CASA LORA”

COMERCIOS CON ANTIGÜEDAD. “CASA LORA”




De carácter emprendedor, motivada por contingencias familiares adversas, era Rosario Lora Vallejo (1888-1956), sanluqueña y fundadora del negocio existente actualmente en la calle Ancha nº 37. Por su ambiente familiar conocía el mundo del pequeño comercio. José Lora Borrego, su padre, había venido a Sanlúcar desde su natal Morón de la Frontera (Sevilla) para “buscarse la vida” y, probablemente empezara como dependiente. Lo cierto es que en 1871, ya casado con la sanluqueña Josefa Vallejo García, ejercía como confitero y vivía en la calle Don Claudio 6; y en 1877 como tejedor y en el Carril. Doce años después ya tenía un comercio en la calle Santo Domingo en donde vendía cristal, artículos de perfumería y quincallas, que al poco tiempo trasladó a la cotizada calle Ancha o Duque de Montpensier, (hoy “Banesto”). Al enfermar y luego morir José Lora, la joven Rosarito Lora arrostra con el negocio de su padre -tras dejar sus estudios en el colegio-, primero junto a su madre y luego a solas.
Aparece en su vida Manuel de Diego Brignole, sanluqueño de ascendencia cántabra y genovesa, con el que se casa en 1913, pero le condiciona a desprenderse del negocio y a dedicarse exclusivamente a la labores de su casa.
Durante siete años de matrimonio es la consorte del secretario del Juzgado Municipal, también hombre de negocios (tablajería, bodegón), quien además por afición taurina representó a unos contratistas sevillanos que explotaban la Plaza de Toros, y dado su prestigio fue Presidente del Círculo de Artesano. Es la cuñada del Hilario de Diego, Director de El Profeta y La Voz de Sanlúcar, conocida publicación con una sección literaria, donde iniciaría sus “balbuceos literarios” Manuel Barbadillo.




En 1921 muere Manuel de Diego, dejando a su viuda con tres hijos pequeños de seis, cinco y un año; una tía hermana de su madre de unos 80 años y una sobrina en una difícil situación de la que había que salir hacia delante. Alquila un local digno en la calle Ancha 15, bajo la condición de quedarse con la planta primera en cuanto que se fueran sus inquilinos. Mientras se instala la familia en la trastienda. Rosario Lora conocía el negocio de sus padres, pero lo que había traspasado era una zapatería. De manera que comienza la aventura empresarial, en principio consistió en vender los zapatos y, luego hacerse con los géneros conocidos de bordados, encajes, perfumería, bisutería…
Empiezan los años felices, en la Guía de Sanlúcar de 1927 se anuncia “PERFUMERÍA ESPAÑOLA DE VIUDA DE DIEGO. Casa especial en medias y calcetines de todas clases. Lana y sedas para hacer labores. Bisutería, Camisería, quincalla y paquetería. Ancha 15”.
Durante la Segunda República la calle Ancha fue un foco de revueltas y huelgas, que se manifestaban en el cierre de las tiendas o en el rompimiento de escaparates: crisis. La guerra civil y la movilización de los jóvenes dejaron también sin los varones a la viuda de Diego. Con toda probabilidad, la escasez dejaría sin géneros al negocio en los años de posguerra. La situación debió generar solo a corto plazo pingüe ganancia, puesto que en 1938 la viuda pide permiso al Ayuntamiento para construirse en la Calzada una casa, y en 1940 otro para levantar un “hotelito” también en la Calzada, pero haciendo esquina con la avenida de la Estación (ambos existentes), dándosele el nombre de “Virgen de la Esperanza” –advocación venerada por la familia. De cuya Hermandad tan marinera fueron cooperadores, cofrades y directivos madre e hijos, incluso José María Lora -abogado-fundó una Cofradía en Cuenca.
El verde de la Esperanza dominó como color en la fachada del comercio desde 1946: los rótulos en azulejo de fondo amarillo, letras y marco verdes; y las puertas de fondo verde y los marcos en verde oscuro.
El hijo mayor, Manuel de Diego Lora, tomará el comercio, y al mismo tiempo estudiará música, titulándose en el Conservatorio de Música y Declamación de Cádiz (1934), impartirá clases de piano, fundará junto a Luis Romero el Orfeón de Santa Cecilia (1943) donde ejercerá como pianista, organista, subdirector y director. La Ciudad de Sanlúcar en 1986 dará su nombre a una de sus calles, reconociendo así su labor musical. Tras su jubilación y la de su mujer, Caridad Rodríguez, sus hijas –Caridad y Rosario- llevarán el negocio de los Lora: la cuarta generación; y su hijo José Manuel de Diego proseguirá su vocación musical desde el Conservatorio de Música de Sevilla, donde es profesor.
El menor de Rosario Lora, Carmelo de Diego Lora, accedió a la Universidad, ejerció como Magistrado, y después de abrazar el sacerdocio, se especializó en Derecho Canónico, siendo experto reconocido internacionalmente.

sábado, 14 de julio de 2007

COMERCIOS DE SANLÚCAR CON ANTIGÜEDAD. "LA X, 4"

COMERCIOS CON ANTIGÜEDAD. “LA X, 4”


Josefa Luisa Lozano Rodríguez (Sanlúcar, 1882) se inicia en el comercio como dependienta en la mercería y perfumería, que su tío Francisco Lozano tiene en la calle Cruces 1, con puerta a la calle Ancha. Esquina donde estuvo la Ermita del Dulce Nombre, donde tenía sede la Cofradía del Niño Jesús de los Panaderos antes de 1576.
Por otro lado José Medina Collado (Alcaudete-Jaén, 1881) dependiente y, luego encargado de la tienda de tejidos de la calle Santo Domingo, propiedad en ese momento de Martín Santaolalla García, cuyos mostradores y mesas se extendían sobre un magnífico patio, y su alto cuenta hoy con uno de los pocos artesonados que quedan en Sanlúcar.
Ambos se hacen empresarios independientemente y luego novios. Pepita Lozano compra la mercería a su tío hacia 1906. José Medina alquila un pequeño local en Santo Domingo 1 para abrir una tienda de camisas a medidas y complementos. Esta casa debió ser la de Angulo, que se demolió para ampliar la calle Santo Domingo Estrecha y que formaba la conocida “Rinconá Sarmiento”. Según Francisco Medina Lozano, quien gentilmente me ha facilitado los datos, su padre contaba entonces con un capital de 4000 reales, insuficiente para comprar mayor mercadería, de manera que completó las estanterías con cajas vacías de la tienda de su novia y con algunas maletas de viajes que le prestó su antiguo jefe Santaolalla.
En 1911 la empresa “Salido Hermanos” con imprenta en Jerez, y papelería en Sanlúcar -calle Ancha 36- traspasa el negocio con sus enseres –inventariados en 2002 Ptas.- al nuevo matrimonio Medina-Lozano. Ya al año siguiente hacen publicidad en el “Carné” de verano o guía publicitaria cuyo texto dice: “Camisería, Perfumería, Bisutería, Artículos de punto y Útiles de escritorio”. Y curiosamente Miguel Salido La Cal pone su imprenta en Santo Domingo 1.

La favorable coyuntura económica de la 1ª Guerra Mundial en España, se hace notar en Sanlúcar. La pareja empresarial compra las casas de calle Cruces y la paredaña, unificándolas después. De esta unión nace “La X, 4”. Curioso nombre –posteriormente registrado- tomado de las tarifas de transporte que la Compañía de Ferrocarriles Andaluces ofrecía, siendo la X1 la superior y, la X4 la más económica y rápida.
La Guerra Civil, su preludio, y la posguerra de hambre, racionamiento, escasez de artículos decaen al comercio, que saca cabeza por los cuarentas, y se expandirá con la apertura de tiendas en Sanlúcar, Lebrija, Chipiona y un almacén al por mayor en Sevilla.
A partir de 1950 por venta y herencia los hermanos Medina Lozano caminan independientemente. Sin embargo Calili –bien recordada- y Paco continuarán juntos en Ancha 31. También realizarán cambios formales y empresariales que darán buenos beneficios. Este último compra en 1955 la finca 29, contigua, y la une a la 31. Casi a los diez años, la 29 abre su propia puerta a la calle, se moderniza y se especializa en ropa y complementos para caballeros. Y tal cual existe hoy.

Este negocio y casa fue vendida por Paco Medina a su primo y colaborador Isidoro Montaño que levantará un nuevo edificio: claro en sus líneas, un fanal para mostrar buen producto. Revistas de arquitectura como Diseño Interior y ON-Diseño le han dedicado reportajes interesantes. “El nuevo espacio comercial significa un nuevo concepto en nuestra ciudad en la distribución y exhibición de los artículos que se ofrecen como por la comodidad y sencillez”.

domingo, 8 de julio de 2007

ANTIGUOS COMERCIOS DE LA CALLE ANCHA



ANTIGUOS COMERCIOS DE LA CALLE ANCHA

La vocación marítima-comercial de Sanlúcar se enraíza en la Alta Edad Media, sobre todo cuando la villa empieza a poblarse fuera de sus murallas, y concretamente en la zona del Barrio Bajo. Comerciantes extranjeros y foráneos se instalan al amparo de los privilegios concedidos por los Guzmán, Señores de la Villa y de la Ciudad. Por la Cuesta de Belén, Bretones y Truco, se abren las tiendas y casas de los comerciantes hasta desembocar en la calle Larga de los Mesones, pasando por la entonces gran plaza de la Ribera, que quedará dividida en el siglo XVIII al erguirse el edificio del Cabildo. En la misma centuria se construye el Mercado de Abastos, que propiciará la apertura de tiendas en la calle Trascuesta y restará paulatinamente protagonismo comercial a la calle Bretones.
La conquista de tierras africanas, Canarias y América harán de Sanlúcar un emporio comercial, sobre todo al tener el Puerto de Sevilla-Sanlúcar primero y después Cádiz el monopolio del comercio con el Nuevo Mundo. Del comercio al por menor, algunas familias pasarán al comercio al por mayor y a ser propietaria de tierras -más noble- constituyendo el cuerpo de lo cargadores a Indias, más sonoro el apelativo que el de tratantes con Indias. Sus huellas han quedado en el extraordinario caserío sanluqueño. La pérdida de las colonias hace disminuir el flujo comercial, que ya era menor antes de la Independencia, pues el Virreinato de México prácticamente se auto abastecía sin necesidad de importar género de la metrópolis. Pero aún quedaba Cuba, Filipinas dependientes económica y políticamente de España. Por tanto en la Sanlúcar decimonónica siguen abriéndose tiendas de coloniales, ultramarinos, tabernas y todo tipo de comercios. Estos irán disminuyendo con el desastre del 98, y Sanlúcar se abandona sin buscar más alternativa en la vitivinicultura y, en la venta y expansión comercial del vino. La ciudad de la Edad Moderna centro de atracción de inmigrantes, donde un sastre o un vendedor de cuentas de cristal podía llegar a se hidalgo y cargador a Indias, es solo un memento.
A pesar de todo, la calle Ancha continúa siendo la calle principal y la más comercial; como consecuencia la más afecta al cambio de fisonomía por imperativo de la moda, que a veces se ha comportado agresiva con el medio; imponiéndose no sólo diseños estandarizados por bancos y franquicias de lejana procedencia, sino también pastiches propios.



Entre los comercios de finales del siglo XIX, cabe destacar por haber perdurado a través de varias generaciones hasta hoy día: “La X, 4”, “Rosarito Lora”, dos mujeres protagonizarán el nacimiento de estos comercios, y “Casa López”.
Otros establecimientos comerciales, existentes desde 1900, desaparecerían: ultramarinos (“San José”, “Las Baleares” o “Plus Ultra”…), tiendas de tejidos y quincallas (Carrascosa, “Sáenz y Cia”, Celestino Ridruejo, Morgado, “Martínez y Cia”), de loza fina (Montferrer), ferreterías (Carrascosa, Latorre), barbería (Isla), casinos y clubes, sastrerías (Mosquera, Hoyos, Cañero), sombrererías (Benavente, Llera), cervecerías ( Arraigosa, “El Munich”), confiterías (Federico Pozo, J. Pampín…), droguerías (Camacho…), bares con veladores en la calle y el viejo Teatro Principal. Distinto tratamiento toca a las farmacias por ser un laboratorio con mostrador y cuyos titulares tenían otro perfil cultural: Durán, Lucas Moreno…); lástima que algunas no se hayan conservado tal cual, como en otras ciudades. Menos profusa en comercio eran la calle Santo Domingo, Gallegos, San Roque, pero notables también. De los entablados que recubrían los muros de los comercios, pintados con colores y rotulados sus nombres, quedaba únicamente el de Casa Porrúa. Las ménsulas de hierro para tender el toldo, así como los fustes con una farola o de dos brazos y dos bombas pendientes sólo podemos recordarlos a través de las postales de esos años primeros del novecientos. El pez grande (súper, hiper) se fue comiendo al chico, sobreviviendo los técnicamente modernizados. La venta personalizada, hoy ansiada por los habitantes de grandes ciudades, faltos de comunicación directa, y reivindicada por las “cittalow”, quizás por que ya aquellos vienen de vuelta del estresante “progreso”, la vamos perdiendo en Sanlúcar. Una nueva fórmula propia de grandes ciudades: “mina” de empleo, los centros comerciales -dentro o fuera del casco urbano normalmente- se ha adoptado, aún no se han evaluado sus resultados. Descanse en paz el Teatro Principal.

viernes, 29 de junio de 2007

FARMACÉUTICA GERTRUDIS MARTÍNEZ OTERO (1878-1965)





El último tercio del siglo XIX excluye todavía a 1a mujer de derechos políticos y civiles, por considerándosele capitidisminuida. La Carta Magna de la Restauración establecía el sufragio censitario. Sólo los hombres con ciertas rentas y capacidades podían votar. Con mayor retraso, a la cola de la política, funcionaban las mentalidades, y del mismo modo se comportaba la vida social, todavía más rigurosa en lo concerniente a la mujer.
Las tareas femeninas quedaban circunscritas al hogar, la iglesia y los niños. Y para estos fines, se educaban a las niñas y jóvenes, con más o menos "adornos", según la posición que fuera a ocupar en la sociedad.
El camino, que la tradición había trazado para la mujer, fue mantenido tal cual por la minoría burguesa dominante, que en estos años deseaba pocos cambios.
"Ocupaciones propias de su sexo", así definen algunos documentos la profesión de la mujer. Con tono más aristocrático, suena "el gobierno de la casa", que presupone una gran casa con servidumbre dirigida por la señora.
Otra alternativa de la mujer era abrazar la vida religiosa, donde podía escalar, según su inteligencia o ambición, diversos escalones. De lega a monja, de priora o superiora hasta llegar al generalato.
Con los cambios producidos en el estamento eclesiástico: la exclaustración de órdenes religiosas y el nacimiento de las congregaciones, disminuyen aquéllas que se dedicaban al cuidado de los enfermos, y aumentan éstas dedicadas a la educación. El Estado Liberal, al asumir paulatinamente la beneficencia y la educación, necesitará de profesionales laicas: matronas, enfermeras y maestras, que se considerarán por encima de la institutriz doméstica.
Aquella mujer que pretendía llegar más allá de los estudios secundarios, estaba mal vista; y así lo sentenciaba el dicho popular: "mujer que estudia Latín no tendrá buen fin".
Tampoco se daba realce a la mujer que trabajaba para la calle, y menos al marido, que se sentía humillado, sí lo consentía. En este grupo, se integraban tanto las mujeres de oficios domésticos: costureras, lavanderas..., como las que trabajaban detrás de un mostrador, ya fueran amas o dependientas.
La mujer soltera se consideraba como incompleta o solterona de vestir santos. Más respetabilidad inspiraba la viuda que había tenido hijos y alargado la progenie del marido. Y tanto unas como otras atesoraban honorabilidad, si dedicaban parte de su tiempo a empresas religiosas, de apostolado o de catequesis. La mujer moderna de los años 20 podría ser más extravagante en formas y usos, pero en sustancia su inteligencia interesaba que quedara dormida. De tal modo que la lectura de una tesis doctoral por una mujer, podía provocar una manifestación en las puertas de la Universidad.
Centrándonos en la figura de Gertrudis Martínez, caben hacerse varias preguntas. ¿Cómo se atrevió a estudiar la carrera de farmacia tan reservada a los varones, ya fueran frailes que guardaban sus secretos en sus bibliotecas, y sus prácticas realizaban en las llamadas "huertas del boticario"; ya seglares que debían procurar no ser acusados de magia?. ¿Porqué estudio por libre: por falta de dinero para estudiar en Granada, o porqué restaba honorabilidad que una mujer viviera sola en una pensión, ya que no existían Colegios Mayores femeninos?.
Por último, si fue una de las primeras farmacéuticas andaluzas, ¿cómo vivió el retroceso que la mujer experimentó a partir de la Guerra Civil?.

En una casa de sanluqueña de la calle de las monjas de Regina, nació Gertrudis Martínez (1878). Su madre, Asunción, dedicada a las tareas del hogar; su abuelo maestro, su padre licenciado en Filosofía y Letras daban a la casa un ambiente de estudios universitario que aumentaba con la presencia de sus hermanos José Luis y Eduardo, también licenciados, y la de otros compañeros dedicados a la enseñanza.
Este círculo educativo refulgía en el Colegio de San Francisco Javier, que estaba incorporado al Instituto Provincial de Jerez. Ubicado en la calle de la Bolsa 31, impartía tanto la primera como la segunda enseñanza. De carácter público, mixto, laico y casi libre, puesto que lo exámenes se realizaban tanto en Sanlúcar como en Jerez por comisiones de profesores de ambos lugares. Llevaba el Instituto los regímenes de externo, mediopensionista e internos. Era su Director José Luis Martínez Núñez, al tiempo que estaba encargado de la Instrucción Primaria.
Este Instituto puede tener raíces en el creado en tiempo de los gobiernos progresistas, utilizando los bienes del Patronato de D. Francisco de Paula Rodríguez. Ya revertidos sus bienes en la Iglesia, debió autofinanciarse el Instituto al frente de los Martínez. Este mismo segmento educativo podía también estudiarse en los Escolapios, o en tres diferentes Academias particulares para niñas, que no eran gratuitas; pues sólo recibían subvención del Ayuntamiento las escuelas elementales y parvularios.
El talento precoz de Tula, como se la conocía familiarmente, la frágil economía familiar de un padre docente y el hecho de que su familia pesara en el profesorado del Instituto de San Francisco, donde podría hacérsele un seguimiento particular y evitarle cualquier discriminación por su sexo, abocaría a la niña a estudiar aquí.
El profesorado estaba compuesto, además de los hermanos Martínez Núñez, por un arquitecto, un Dr. en Medicina y Cirugía, un licenciado en Derecho y un profesor de Música. Este plantel desarrollaba las materias siguientes: Latín y Castellano; Retórica y Poética; Psicología, Lógica y Ética; Geografía; Historia Universal y de España; Aritmética y Álgebra; Geometría y Trigonometría; Física Química; Historia Natural e Higiene; Agricultura; Francés y Música.
Figura con cierto ascendiente en la familia Martínez Nuñez fue la de Gregorio del Castillo y Barco. No sólo como catedrático en el Instituto de Jerez del que dependía el de Sanlúcar, sino también cono vecino de la casa de la calle Regina, propiedad de la segunda mujer de aquel: Antonia de Celis Macho; y pariente por la primera mujer: Josefa Martínez Álvarez. Además D. Camilo fue testigo del matrimonio Castillo y Celis. En el mismo círculo entraría el boticario Francisco Eyzaguirre, casado con Dolores Celis Macho propietaria de la Manzanilla el "El Martillo".

En el polo opuesto a Tula estaba el de su hermana Francisca, pues debió dedicarse a sus labores, ya que en 1963 se le concede el Auxilio de Ancianidad. En término medio se colocaba su hermana Elvira que estudió para profesora de Música, corta carrera la suya, pues murió con veinte años (1901). En todas las asignaturas (1886-1891), obtiene Gertrudis Martínez sobresaliente, salvo un notable en Matemáticas y Trigonometría; que sin embargo no quitara brillo a su expediente académico, ya que tras dos exámenes finales revalidará con la mayor nota el grado de Bachiller. A ello sumará dos años de francés.
La bachillera Doña Tula habría eliminado la posibilidad de estudiar Magisterio en una Escuela Preparatoria para maestras de primera enseñanza, que existía en Sanlúcar y se hallaba incorporada a la Normal de Cádiz. Alternativa que escogió en cambio su hermana Asunción.
Con trece años se matricula en la Facultad de Farmacia de Cádiz (luego extinguida) y sobresale en las cuatro asignaturas. Realiza los siguientes cursos (nueve asignaturas) entre 1892 y 1896, examinándose por libre en la Universidad Literaria de Granada. También, después de dos ejercicios finales, alcanzó el grado de Licenciada con la máxima puntuación.
En Septiembre del 89, la sanluqueña Martínez Otero eleva Instancia -con documentos adjuntos- al Alcalde Constitucional de Sanlúcar; solicitando la apertura de una Oficina de Farmacia en la calle Cristóbal Colón número seis para expender medicamentos al público. Adolfo Lacave -Alcalde- le da cauce hacia el Subdelegado de Farmacia, José Lucas Moreno. Tras realizar entonces el Alcalde y varios Subdelegados la visita de inspección al establecimiento y verlo ajustado a las Ordenanzas de Farmacia de 1860, se firma la autorización.



El laboratorio de la botica contaba con cincuenta aparatos y sus anaqueles sostenían más de quinientas drogas. El establecimiento era largo y estrecho, propio de los comercios de la calle ancha. Al entrar, se hallaba el despacho, centrado por una gran mesa y adornado en sus ángulos por estanterías. Un corredor llevaba al almacén, al hueco de escalera de acceso al piso superior, al depósito y desembocaba al final en la sala de consultas.
Cerca de la botica, haciendo esquina entre la calle Ancha y la de Muleros había otra. En 1883, las farmacias de Sanlúcar se repartían en tres ejes para doce mil habitantes: Santo Domingo-Ancha-San Juan; San Roque-Bretones; y el Barrio Alto por la calle de San Agustín contenía tres muy cercanas. Los colegas de D". Tula eran todos varones, la mayoría foráneos, y con títulos expedidos en Cádiz, Granada, Madrid; y ninguno con notas superiores a las de su licenciatura.

En 1904, se traslada a San Agustín 7, tras haberla adquirido. Esta Farmacia había pasado por las manos de Sebastián de la Milla y por la de Dionisio Abollado. Era más amplia que la de la calle Colón, y contaba con dos reboticas.
En la otra acera, vivían los nietos de Fernando Mergelina, uno de los grandes empresarios vinateros. Era una casa con torre-mirador que ocupaba tres números. La casa del blasón fue heredada por Roberto Witte Mergelina, incluida en su legado de 388.032 pts. Gertrudis con 32 años y Roberto con 60 contrajeron matrimonio en 1910. Posiblemente a partir de entonces dejara de ejercer la profesión, por algún tiempo.
Pero Dª Gertrudis asumió la Regencia de una Farmacia (1932) en la calle San Juan, entonces de Asunción López Uceda, viuda del licenciado Manuel Amores Rebollo.
Cuando murió su marido en 1835, fue declarada en el testamento única y universal heredera.No obstante volvió a las regencias de la farmacia de la viuda de Alfonseca, y por último desde 1940 regentará en Lebrija la farmacia de la viuda de López Brenes. Con ochenta y siete años morirá (1965): en la misma calle que la vio nacer.

La primera boticaria andaluza y probablemente la tercera o cuarta de España además de inteligente fue guapa, como vemos en el retrato que cuelga en la Universidad de Granada, alta, morena y con distinción. Culta y ejerció su profesión como cualquier farnaceútico hasta sus últinos días. De gran generosidad para los suyos. Tanto es así que a su hermano joven, Luis, que había quedado huérfano muy tempranamente, lo crió como aun verdadero hijo y además pago sus estudios universitarios. Este siguiendo la inteligencia familiar dio a sus hijos diversos estudios. A su hijo varón la carrera de Medicina y a su hija Herminia la de Derecho, y la de Filología inglesa.
APARATOS, INSTRUMENTOS Y VASOS DE LA OFICINA DE FARMACIA
Alambiques de cobre estañeado: con refrigerante baño de maría y diafragma.
Alargaderas de vidrio.
Alcohómetro centesimal.
Areómetro de Baumene.
Termómetro centígrado.
Mortero de bronce, de vidrio, de porcelana, y de mármol.
Barreños.
Lebrillo de losa.
Báscula para un kilo y granatoria.
Colección de pesas y medidas.
Campanas cristal graduadas.
Aparato de uxiviar.
Tubos.
Embudos de vidrio.
Espátulas de hierro, madera y hueso.
Filtros.
Cruceras madera para coladores
Prensa.
Matraces.
Recipientes.
Retortas.
Calderos.
Crisoles.
Tubos y varillas de cristal.
Tubo Valther con brazo encorbado.
Cápsulas de porcelana.
Cacerolas.
Peroles de estaño y sin estañear.
Tamices varios tamaños.
Lámpara de alcohol.
Pildorero.
Copas de ensayo.
Exihibir de vidrio.







Registro Civil de Sanlúcar:Libro de Nacimientos, 9 de octubre de 1878. Tomo 28, pág. 23. Libro de Matrimonios, 12 de agosto de 1910. tomo31, pág. 103. Libro de Defunciones, 2 de marzo de 1965 tomo 160, pág. 172.
Archivo de la Universidad de Granada. Expediente y título: libro 261-20 y 583-95
Archivo Municipal de Sanlúcar. Legajo 2520.Expedientes de solicitudes de aperturas de farmacias y otros.
Registro de la Propiedad de Sanlúcar. Finca 4.266, c/ San Agustín 8.
Pérez del Prado S.: "Farmaceútica Gertrudis Martínez Otero (1878-1965", Rev. Las Piletas, Sanlúcar, Abril de 2004.
Pérez del Prado S.: "Tula Martínez: la primera boticaria andaluza. Sanlúcar Información, 3, 10 y 17 de Diciembre de 2005

martes, 19 de junio de 2007

LOS GUARDAPOLVOS DE PIZARRA





Entre los numerosos elementos de la arquitectura civil sanluqueña, sobresalen por su vistosidad y factura artesanal los guardapolvos en las fachadas de más de una veintena de casas. Su uso generalizado en el siglo dieciocho por toda Andalucía y, sobre todo en Sevilla, referente al igual que Cádiz para Sanlúcar, se debe al gusto de la burguesía de estas tres ciudades vinculada entre si por un mismo interés crematístico: el comercio con América. En la actualidad, se ha revivido curiosamente el guardapolvo en el caserío sanluqueño como una réplica sin el valor y sentido original.

El guardapolvo es un techo, a modo de visera, que cubre el hueco de un balcón, mirador o cierro (balcón cerrado con cajón acristalado) para protegerlo de las aguas pluviales, más que del polvo, y resguardar a las personas cuando se asoman a mirar. La pizarra constituye el material de sus partes fundamentales y, por esto se diferencia aún teniendo la misma función, del tejaroz, que presenta un techo rematado con tejas curvas a tres aguas; o del techo cornisa de ladrillo enfoscado; o de su réplica actual que sustituye la pizarra por un material metálico o chapado, carente de bajorrelieve y más fácil de adquirir. El vuelo y largura del guadapolvo son menores que las del balcón y mayores que las de los cierros.

El guardapolvo consta de la tapa o visera y, sus sustentantes: la pletina, los tirantes, las tornapuntas y el ornamental cartabón. Mientras que la tapa solo requiere la labor del cortado; pletina, tirantes y tornapuntas exigen la exquisita labor de la forja del hierro a fuego y golpes de martillos para conseguir formas vegetales –ramas y hojarascas- las dos últimas, y un rizo o cuerno de cabra en caso de la pletina. El número de pletinas utilizado está en razón de la longitud y anchura del guardapolvo; el de las tornapuntas y tirantes tal vez obedezca más al capricho u ostentación que a la necesidad.

Merece destacar el manufacturado de los cartabones del guardapolvo, donde se ejecutan distintas labores. El corte triangular y el recortado mixtilíneo de los bordes externos del cartabón y sus posteriores incisiones desde el borde hasta la superficie que forman un bajorrelieve coordinado, probablemente de la mano del mismo artesano. Las pinturas: sencillas, geométricas y policromas en la superficie del cartabón o bien escasean o han ido borrándose con el paso del tiempo, son obra de un artesano decorativista de brocha fina. Ejemplo de ello es la “Portada de los Páez de la Cadena” en el Palacio Municipal. Desconocemos si los guardapolvos se realizaban en un mismo taller.

Caben destacar los guardapolvos de la Casa- palacio del Marqués de Arizón (calle Divina Pastora), las casas de los Díaz de Saravia (carril de San Diego), las casas del Marqués del Pedroso y Belloni en la calle Luis de Eguilaz (desde la Iglesia de la O hasta callejón de los Trapos); salvo la familia Arizón, las otras proceden de Cádiz y todas ejercieron el comercio con las Indias. Varias casas de la calle San Agustín y de la calle Caballeros conservan los guardapolvos, una en la calle Jerez haciendo esquina con la Plaza Alta y calle Santiago. Por su longitud y exceso de tornapuntas, se distingue el guardapolvo de la antigua “Casa de Maternidad” (calle Almonte).La mayoría de los guardapolvos se ubican en el “Barrio Alto”, sin embargo escasean los guardapolvos en el “Barrio Bajo” ( casa de Pastrana Lemus o Conde de Monteagudo, y la paredaña que hace esquina con calle Mar, entre otras).

OTRAS DEFINICIONES.
DRAE.:
-sobradillo.
"(Del dim. de sobrado).
1. m. Tejadillo sobre un balcón o ventana."

-guardapolvo o guardapolvos.
"3. m. Tejadillo voladizo construido sobre un balcón o una ventana, para desviar el agua de lluvia."

“Tejadillo en voladizo que se construye sobre balcón, puertas o ventanas, a fin de protegerlos del agua de lluvia. Tb. Sobradillo.” (Paniagua J. R.: Vocabulario básico de arquitectura. Madrid, 1978. Pág. 175.)
“Tejadillo en saledizo que resguarda del agua a un balcón o ventana”. (Fatás, G. y Borrás G.:Diccionario de términos de arte y arqueología. Madrid, 1988. Pág. 110).

lunes, 18 de junio de 2007

BUSCANDO EN EL TEMPLO DEL LUCERO




¡Cuántos detalles salpican las calles de Sanlúcar (“Luciferi Fanum”) que escapan de la mirada del paseante¡ Hay una ciudad que no se ve, pero se puede mirar. El mirar requiere una actitud de contemplación: un preparar el espíritu para recrearse en la obra del hombre. Se necesita poner en marcha la capacidad intelectual con el fin de separar las partes de la obra artística, descubrir sus uniones y así aprehender el todo. Hay que zambullirse en el escenario histórico donde actuó la mano del artista o del artesano y conocer aquellos impactos que le determinaron para elegir entre las formas.

A la mirada física sobre la obra de arte, que causa sensaciones sublimes, puede acompañársele de otro mirar metafísico. Esta última mirada conforta al alma, incluso puede recordarle una filiación divina. Del mismo modo que el Creador, con barro y aliento; la mano del hombre diestro consigue dar vida y eternidad a los materiales ofrecidos por la madre naturaleza, que a su vez le presta sus formas y la gran paleta del arco iris. La unión mística del artista o del observador-recreador nos acerca y asemeja a la imagen del demiurgo, nos sensibiliza, nos humaniza y, en definitivas nos dispone hacia la fraternidad universal.
Todavía al observador, que callejea y ha recorrido una y mil veces las calles de Sanlúcar, sorprende la belleza y el sentido no sólo de los grandes templos, sino de la multitud de detalles cotidianos: el zócalo de azulejos luminosos y cargados de colores o simplemente gris en cal; una lápida que conmemora un hecho relacionado con una persona notable; la hornacina en el chaflán de una esquina, cuyo santo puede invitar al fervor popular; aquel blasón que jalona la portada de una casa, atribuyendo con sus símbolos a un personaje hazañas de héroe; el hierro forjado o fundido de un balcón, una ventana, una cancela dando sensación de seguridad; aquellas puertas tachonadas de brillante clavos y enjaretadas en un fuerte peinazo, que abren y cierran la intimidad de un recinto; o santísimas danzas de arcos, que sobre columnas abren un patio hacia la luz… Y es que cosas pequeñas son grandes dentro del bien amado amante.
Llenas de colores están las calles, callejuelas, carriles, escalerillas. El murmullo de la no muy lejana taberna, la fragancia desprendida desde las ventanucas de las bodegas, el verde olor de la naturaleza enredada que cuelgan de los jardines, el acompasado sonido de una fuente, el chasqueteo al paso de un enchinado son sensaciones que la memoria no quiere olvidar.
En este blog procuraremos regodearnos con la Sanlúcar eternal, recóndita, ignota y con este patrimonio que debemos mimar y guardar como aquel pequeño reloj que nos legó un abuelo, tesoro de valor vivencial, y tal vez material. Al tiempo que concienciarnos que las sensaciones producidas por esta recóndita ciudad, debemos conservarlas realmente, en su mismo sitio para que nuevas generaciones tengan nuestra misma grandiosa oportunidad.