viernes, 24 de agosto de 2007

LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (y 2)

LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (y 2)


La casa o casas de “Copa de sombra”, relatadas por Acquaroni, se identifican por datos históricos ajenos a la novela y algunas pistas que el propio autor da. Sólo con la hermosa descripción no hubiéramos sabido ubicarlas, pues carece de precisión. Acquaroni no tuvo otra intención que la de crear una circunstancia literaria, y por tanto no la de recoger un riguroso testimonio histórico. Lo mismo que ocurre en el resto de esta obra desarrollada en la imaginaria Santa María de Humeros.
La morada de la supuesta “tía Anastasia”, y luego del farmacéutico “Mancare” marcada con el número 13 y señalada con el 19 en el PGOU (protección global, B-7) de la calle Caballeros, quedaba obligada a conservar como “elementos de interés tipológico: espacios de acceso, patio principal y elementos de articulación espacial del edificio. Fachadas y crujías asociadas a las mismas”.



Presenta una fachada regular (12.50 metros) con tres huecos en el principal: balcón-cierro, balcón y, balcón-cierros, sostenidos por dos sencillas ménsulas cada uno; y el bajo: cierro, portada y cierro de escaso vuelo, casi a ras del muro y a distintas alturas respecto a la pendiente de la calle Caballeros. El pretil de la azotea corona la fachada de la casa. Se imposta el primer piso con unas molduras que sobresalen por las bandejas de los balcones, y el principal con otras molduras continuas. Se trata de una fachada reformada en el siglo XIX que permanece hoy a modo de pantalla, bambalina o burdo trampantojo; sobre una estructura de siglos anteriores, ya desaparecida después de la obra de demolición en el interior de la casa, donde los 286 metros cuadrados originales se han alterado en perjuicio de la conservación del Patrimonio Histórico y su entorno.
En el mismo eje central de la portada y de la “casa-puerta” (con portón y no cancela como describe el novelista) se encontraba un pequeño patio de mármol (14.50 metros cuadrados) separado de la galería por unas puertas acristaladas. Más al fondo se hallaba un patio falso con menos de la mitad de superficie que el principal, y un patinillo. A su alrededor circundaban las habitaciones, salón, cocina, comedor de verano, etc. El alto mantenía la misma distribución, y en su galería principal tuvo un oratorio por los tiempos de Micaela Terán. Bajo su patio, un aljibe surtía de agua a la casa, tal como apunta Acquaroni, y se reveló en la obra de semidemolición.
Esta casa fue adquirida en 1853 por Cipriano Terán Carrera (1791-1877) que como su hermano menor Rafael emigró de Soto (Santander) hasta Sanlúcar donde mediante el comercio y, el negocio bodeguero después acumuló una gran fortuna. A el se debe la construcción de la catedralicia bodega de “La Arboledilla”. Y curiosamente, murió por “reblandecimiento cerebral”, el mismo caso que otro prohombre de la manzanilla, León Argüeso. Entre sus descendientes, D. Cipriano cuenta con varios escritores: José María Ruiz de Somavia (poeta), José Luis Acquaroni Fernández (médico y marino, escritor y orador) padre del novelista nombrado, y Eduardo Mendicuti; amén de monjas, el fraile hospitalario de San Juan de Dios y fundador del Hospital de Santa Rosalía en Jerez: Carlos González Fernández, o el notable sacerdote Carlos González García-Mier.




La casa fue heredada por su hija Micaela y en el mismo año su marido Carlos Fernández Bescaglia adquirió la casa trasera de Monte de Piedad. Y aquella a su vez se la deja en herencia a su hija también llamada Micaela Fernández Terán (1868-1951), quien viuda y octogenaria realiza una cesión a renta vitalicia con derecho de habitación en el bajo (figura similar, pero menos gravosa que los actuales “créditos hipotecarios inversos” bancarios) a los hermanos Concepción, Teresa y Bartolomé Álvarez Mora, los cuales ocuparon el alto de la casa, y además atendieron obsequiosamente a la cedente. Este vitalicio, que en la novela “Copa de Sombra” sirve de chanza a José Luis Acquaroni, fue ofrecido antes por la menesterosa anciana a varios parientes, aunque ninguno lo aceptó. Para mala suerte de sus herederos, la vieja señora murió al año de hacer el vitalicio –jurídicamente correcto y pormenorizado- y, el farmacéutico Álvarez Mora y sus hermanas corrieron mejor destino al encontrase con casa a un módico precio.
La casa donde vivió el novelista Acquaroni en la calle Caballeros 11 y 17 en el PGOU, también protegida, mide 168 metros cuadrados y 9.70 de largo de fachada y es contigua a la anterior. Asoman a la calle desde el bajo un cierro de poco vuelo y la puerta (cuyo zaguán carece de cancela); en la misma línea, desde el principal un balcón y un cierro, el primero apoyado en tres ménsulas con caveto, y el segundo por dos ménsulas a las que se le debieron caer los cavetos. La casa tuvo tejado a dos aguas que recaían sobre canelones –tal como describe Acquaroni- y, el interior contiene hoy un patio acodado y no acristalado. Probablemente tuviese arabescos tal como narra el escritor, pero debieron deteriorarse y al final desaparecer las yeserías.
Fue adquirida esta casa por Regla Fernández Terán en 1928, aunque los Acquaroni Fernández estuvieron empadronado aquí en 1887, y antes en la calle Bretones (1882), después en la calle Ancha 16 (1895), y luego en la de San Juan (1903). En 1955, la hermana del escritor –Alejandrina- vendió la casa de la calle Caballeros, que todavía se mantiene. Y gracias a la magistral pluma de José Luis Acquaroni se conservan literariamente las dos casas glosadas.

lunes, 13 de agosto de 2007

LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (1)



LA CASA DE “COPA DE SOMBRA” EN ACQUARONI (1)

Como en cualquier novela el autor mezcla elementos reales y ficción, lo que da como resultado una mayor verosimilitud, y en el caso de “Copa de Sombra” aparece un crudo realismo en un sencillo entramado de nudos tristes, donde en algunas ocasiones saltan los colores angélicos de los recuerdos de una niñez sencilla y sin complicaciones vitales.
Esto ocurre cuando Acquaroni describe la casa donde vivió en la calle Caballeros, ya que se ve igualmente como funde bellas descripciones de casas distintas: la número 11 y la 13 entre otras. Desde el punto de vista arquitectónico, como se verá, la once es de menor prestancia (extensión, tratamiento de fachada, simetría, etc.) que la trece –hoy vaciada y conservada solo en fachada-, aunque no por ello de menor importancia.




José Luis Acquaroni Bonmati (1919-1983), a los dos años de nacer en Madrid, viene con sus padres a Sanlúcar a la casa de Caballeros 13, que fue donde viviera su bisabuela, Micaela Terán y Mier, (por entonces unida con otra casa trasera en Monte de Piedad) y luego su tía abuela Micaela Fernández Terán (la tía Anastasia de la novela). Pues su abuela, María Fernández Terán al quedar muy joven viuda de Antonio Acquaroni Díaz -impresor, más dedicado a las humanidades que a los negocios- es amparada por su familia en el Barrio Alto, dejando su domicilio de la calle San Juan 8. Y será a partir de 1928, al adquirir, si antes no la tenía arrendada, la tía Regla Fernández Terán, casada y sin hijos, la casa de Caballeros 11, cuando los Acquaroni Fernández se acojan en ella. Años después un hotelito en la Calzada, mandado construir por Trinidad Delgado Cisnero, consorte de Carmen Fernández Terán, hará las delicias de los Acquaroni, y que con asiduidad frecuentará el novelista para visitar a su madre Rosa Bonmati Aragón.
Entre 1921, hasta que José Luis Acquaroni marche a Hispano-América en 1955 y, luego forme su hogar en Madrid, Sanlúcar ha quedado suficientemente fijado en su retina. Copa de sombra (1974) recibe el Premio Nacional de Novela en 1977, el primero en democracia. Antes de dar unas pinceladas descriptivas e históricas de las casas 11 y 13 de la calle Caballeros, es preferible transcribir la descripción literaria de Acquaroni sobre su morada: Se aproxima Abel. Está a escasos minutos y teme sentirse defraudado. Pero eso, antes de la llegada, insiste otra vez en la rememoración. Era muy hermoso, impoluto, todo de mármol blanco con arabescos, el patio de la casa de su infancia. Y el zaguán. Y la escalera. Todo de mármol blanco con arabescos. Las columnas, más bien tirando a traventino romano, las había comprado cuando el derribo de la casa de un aristócrata, cuya estirpe habíase deslucido de tal manera que sus descendientes –esto se lo contaba de niño y él no lo podía comprender- trabajaban de simples braceros en el campo. [… ]
El tirador, con el pomo priápico, aparece regruñido. Como en sus días de niñez. Recuerda al verlo que hasta los seis o siete años no tuvo fuerza para accionarlo, y aporrear el primer portón por dentro, valiéndose del mango del cerrojo como llamador. Su autoestimación ganó muchos puntos el día que le fue posible culminar el movimiento de tracción, llevándolo hasta tope, para soltar luego el tirador y oír el musical campanillazo resonando entre los muros y escapando hacia el cielo en la dirección señalada por la flecha verde de la araucaria. El campanillazo brotaba por entre los barrotes de la cancela de hierro forjado y le golpeaba al niño Abel la frente y las entrañas. […]
Aquella casa tuvo siempre para Abel algo de conventual. Contrapesado con el descubierto de la cancela y, sobre todo, con la generosidad solar, que rompía cualquier clima de clausura. Pero en aquellos momentos, con la tarde ya venciéndose y la adustez en el rostro y en el atuendo de la mujer al otro lado del herraje, la sensación de estar ante la hermana portera se le hizo a Abel más aparente que nunca. Le preguntó a la mujer:
-¿Es usted la casera?
El mármol desbordaba su albear por las paredes, hasta el segundo piso y la azotea. Aquel lustre, aquel claror, aquella potencia de luz, pese a la sombra de la araucaria, pedían en los veranos un tupido cedazo: el toldo de lona rayada, que al ser replegado, justo a aquella hora, se dolía con un sahaa, shaa, shaa producido por la fricción de las argollas sobre la parrilla de las guías.
-Una servidora vive en la casa de al lado, la que fue de su tía Anastasia, y que hoy pertenece a mi hermano, Braulio Mancare, el farmacéutico.
La presencia de aquella mujer le resultaba a Abel molesta. Se puso a pensar en que aquello de las afueras del pueblo se parecía al patio aquél de sus juegos, salvo en la luz y en el verde enhiesto de la araucaria, tan vertical y sabiamente distante que ni rozaba los balconcillos. Y como diáspora de la gentil conífera, alrededor del gran macetón en forma de tonel truncado, tiestos menores, también de madera y aros de cobre reluciente, con helechos, aspidistra con lo de las afueras del pueblo. Porque, con una extraña fuerza de penetración, por quiebra casi invisible, el estuco de aquella bóveda estaba colgado de finas raicillas, tan finas que parecían hilos de tela de araña, alimentadas, es de suponer, por las emanaciones de las vidas que allí se evaporaban. […]
La cristalera que separaba la galería del patio propiamente dicho le había impedido a Abel el ver cuanto ansiaba ver. Y lo primero que echó de menos fue la verde y recta vocación de luz. Porque el gran macetón y la araucaria ya no estaban. En su lugar, junto a la tapa del aljibe…Y Abel recordó que todo bajo el suelo del patio y el traspatio era una oquedad, y que el agua que se extraía por medio de una bomba accionada a mano, allá al fondo, junto a la puerta de la cocina.
Le dieron ganas de correr hasta el traspatio, a comprobar si la bomba de la palanca graciosamente curva y la piquera borbollante en arcadas discontinuas, se conservaba todavía o había desaparecido también. La palanca, con sus relieves futuristas. […]
Las golondrinas piaban acogidas a la resonancia de los canelones de cinc de la azotea.

jueves, 2 de agosto de 2007

ÁVIDAS TORRES-MIRADORES

ÁVIDAS TORRES-MIRADORES





No puede la vista gozar tanto como al volar sobre el triángulo artístico formado por la Iglesia de Santo Domingo, la vetusta Araucaria y las torre-mirador del Carril de San Diego o la de la calle Diego Benítez.
La pétrea Santo Domingo parece que fue concebida como un altar cerca del cielo, pregonado por su majestuoso cimborrio con cúpula, a su vez adornado con jarras de flores, alado por bordadas balaustradas y ensalzado por su sonora espadaña, rezumando el arte del Renacimiento por sus cuatro costados.
Ante este magnífico solideo de piedra resultan pequeñas y prosaicas las torres-miradores, poco espirituales y más crematísticas, y no llegan a alcanzar la nobleza de las torres guerreras del Castillo, aunque los burgueses moradores con toda la plata de América lo pretendieran.



Cuenta la tradición que a través de estas torres-miradores de los siglos XVII y XVIII los grandes comerciantes con avidez de beneficios veían partir los barcos cargados con sus mercancías rumbo a las Indias Occidentales, o con impaciencia el regreso de los mismos llenos de sus ganancias en plata, oro u otros productos indianos. Incluso la leyenda recuerda la desesperación de algún cargador que ante el hundimiento de su navío en las entrañas de la barra, se lanzó al vacío desde lo alto de la torre. Así las gastaba la dichosa broa y barra, elemento de discordia entre Sevilla y Cádiz por llevarse el puerto único del comercio con América a su territorio.



Probablemente a raíz de la tradición se haya identificado torre-mirador con casa de cargador a Indias. Sin embargo en Sanlúcar no todos levantaron torres en sus caserones: Vargas Machuca (calle Carmen esquina Trascuesta), Gil de Ledesma (Carmen esquina Carril de San Diego), Loaysa (plaza de la Victoria), González de Ceballos (Mar esquina Diego Benítez)…; incluso en 1878 ya independizada la América continental, aún se solicita al Cabildo permiso para construir un mirador. Es posible que en este siglo se desmocharan de tejas algunas torres y se colocaran pretiles de barandillas de hierro, si es que no se hicieron de nueva planta (casa Bolsa esquina a Cruces o la de “los dos relojes” y torre entre plaza Cabildo y calle Capillita).
Las torres-miradores responden más al afán de prestigio de la oligarquía que a una función de control del movimiento fluvial, más al recreo y vanidad que a un fin práctico.
De Cádiz sólo se traen dos modelos de torre-mirador: el de terraza con pretil (Casa en Diego Benítez) y el de silla con respaldo (Casa Arizón, Casa de Cruzado de Mendoza o Maternidad); pues no se adoptan ni el de “garita” –de inspiración militar-, ni el mixto de “silla y garita”, tal vez por no ser necesaria tanta altura para divisar el horizonte fluvial o por no tropezar la vista con otras casas similares como ocurría entre las densas y cercanas edificaciones de Cádiz.




En cambio, se recurre a la torre con los tejadillos a cuatro aguas (con cierta semejanza a los miradores que lo conventos monjiles levantan sobre la bóveda de sus iglesias), en el que se abre un balconcillo o mansarda en el lado orientado al mar: casa del Carril 20, casa Cuesta de Ganado esquina a Baños, casa calle Mar esquina Bolsa, casa calle San Agustín, la destruida de la calle Trillo, antigua casa de Montegudo en calle Santo Domingo, la desaparecida lindera esquina a Carril, las trillizas de la calle Fariña esquina a Don Claudio, la de la calle Alcoba, la de entre Carmen y Regina, etc. Estas torres son más propias del caserío urbano de Sevilla así como de las haciendas y cortijos de su campiña. Y así las revivirá la arquitectura regionalista de principio del siglo veinte y, subsiguiente tardo-barroco aún vigente.




En el Barrio Bajo se utiliza más la torre-mirador que en el alto, pues aquí por estar por encima de la barranca obviamente la casa del cargador se conforma con menos altura. De planta cuadrangular, la torre mirador suele tener dos pisos más remate. El primero se alza a la misma altura que el principal o el “soberao” y el segundo queda totalmente exento. Buscando siempre la mejor visibilidad del mar, puede situarse en la crujía principal a plomo del muro de fachada, la minoría de las veces, en la esquina de dos calles; o bien por lo general se coloca en la crujía del fondo, siempre buscando la visibilidad y la sensación de verticalidad.

La torre-mirador de la calle Diego Benítez debió pertenecer a la casa de su espalda en Benegil, que presenta mayor empaque en su fachada y en su interior (Mesón de Pozo o “Siglo XXI”). Y es en su segundo piso, donde la torre abre sus huecos tan característicos. Esta presenta tres ventanas a cada lado en arco de medio punto resaltados con molduras que quedan separadas por pilastras cuyos capiteles recogen una cornisa volada. En cambio, el remate muestra una azotea coronada por dieciséis merlones con punta de diamante de doble altura que el pretil-almena que los separa.