lunes, 30 de julio de 2007

LA BODEGA “EL CUADRO”. DE AMBROSY A HDROS. DE ARGÜESO

LA BODEGA “EL CUADRO”. DE AMBROSY A HDROS. DE ARGÜESO



Esta bodega se encuentra ubicada en la calle Trasbolsa con el número tres, y hace ángulo con la calle Castelar y Banda de la Playa. Fue construida en la época fernandina lo mismo que la Aduana de Bonanza (Colegio de los Maristas), y también con gusto clasicista. Su fachada principal se compone con una portada sobre suave arco rebajado enmarcada en un ancho resalte que se corona con tres bolas; a su lado derecho, seis ventanas rectangulares cerca del tercio superior del muro, y al izquierdo cuatro. Cuenta con un segundo piso o granero cuyo lado más largo da enteramente a la calle Castelar. Todo el edificio se remata con pretil que cierra la azotea, que quizás se concibió así o bien fue sustituida por un tejado. Está catalogada como de protección global (B-36).
Está en la línea de la Banda Playa más antigua como otras bodegas, cuyos extremos son la Avda. Quinto Centenario (antiguo Arroyo de San Juan) y la calle Trasbolsa y Pirrado, dejando atrás la “Plaiya de la Red”. Este frente sólo coincide parcialmente con el cordón que cierra por la playa el casco antiguo que fuera declarado en 1973 conjunto histórico- Artístico, pues en el Carril de San Diego se retranquea para meterse en la Trasbolsa hasta Mar prosigue por la Bolsa hasta desembocar en San Nicolás. Fuera de este contorno quedaron numerosas bodegas olvidadas por el legislador del 73, tal vez porque no se le ocurrió que Sanlúcar iba a dejar de vivir de la vitivinicultura, para apoyarse económicamente sólo en la construcción.
En la frontera externa de conjunto histórico, el PGOU de 1987 sólo contempló tres bodegas: “La Guita” en Banda Playa/Pescadería (B-71) y “La Gitana” en Banda Playa/Calzada. Menos cicatero, el PGOU del 97, que protegió en esta zona una más: “San Miguel” (B-127).
Total, fuera y dentro de casco histórico, en el 77 fueron protegidas globalmente trece bodegas, y en el 87 catorce añadiendo tres más con protección parcial. Y al día de hoy hay que restar las demolidas ilegalmente, la de “Pérez Megía/Medina”, en Avda. Constitución (B-131) y otras.



La tradición oral cuenta que la bodega de Trasbolsa 3, tomó su nombre porque decían que era tan bonita como un cuadro. También la bodega de “El Toro” de Barbadillo se llamaba “El Cuadro”, y probablemente en ambos casos su origen esté en la hechura de planta cuadrada. Aunque, en otros casos sea la razón, que un bodeguero culminara su bodega tras construir dos o mejor cuatro naves alrededor de un patio.
Esta bodega fue labrada de nueva planta por Francisco Ambrosy (fallecido en1826) sobre el terreno que anteriormente ocupaban cuatro casas, “formando un cuadrilongo, en cuya parte baja hay varias bodegas y sobre una de ellas está construido un granero” –inscripción registral de 1.864-. Era su superficie de 2.007 varas, y su medida real y actual supone unos 1.232 metros cuadrado. Contiene un patio de columnas de doce por once metros.
Muerto aquel, dejó la bodega a sus sobrinos gaditanos José Eusebio y Antonio Tomás Ambrosy Talavera, también avecindados en Sanlúcar y “del comercio”. Ambos nacieron en Cádiz, de padre lisboeta con origen genovés y madre gaditana. Murieron en Sanlúcar, el uno en 1880 en la calle Santo Domingo 50, y el otro al año siguiente en el 52 de la misma calle.
En 1864 compra la bodega Camilo La Cave Domínguez –yerno de José Eusebio Ambrosy- por 160.000 reales líquido. Quien la venderá a sus hermanos menores Adolfo y Juan Luis La Cave por 140.000, que ya anteriormente eran beneficiario de una hipoteca de 320.000 reales constituida por José Eusebio. Entre éste, dedicado a la política (Alcalde), viudo de Catalina Álvarez, y el yerno esta rama de Ambrosy vinieron a menos. La rama de Antonio Tomás, los Ambrosy Luchi entroncarán con otras familias bodegueras: Barbadillo, La Cave, Miler, Romero, Márquez, Hidalgo, Gutiérrez.
Los dos hermanos, Adolfo y Juan Luis, venden la mitad de la bodega en 1871 por 120.000 reales y luego la otra mitad a Dolores Rodríguez Chaveau –indiana de Maracaibo-, viuda de otro indiano burgalés, Manuel López Barbadillo. Fue heredada por una su hija Mercedes López Rodríguez, valorándose por entonces en 118.750 reales. Luego la adquiere Concepción Díaz Luchi, viuda de Cayetano Ñudi Gil de Ledesma en 120.000 reales o 30.000 ptas. en 1879. Y la heredará su hija Rosario Ñudi Díaz por valor de 33.025 ptas., cómyuje de Joaquín Delgado Zuleta, para quien el mejor negocio era no hacer negocios. La bodega fue vendida en 1896 a Juan Argüeso Gutiérrez heredero de León Argüeso-, por 22.200 ptas, al igual que la casa de la calle Bolsa con fondo a Trasbolsa, de estilo historicista-ecléctico, hoy cerrada y casi abandonada. La sociedad anónima mercantil “Herederos de Argüeso” dejó de ser su propietaria hace pocos años, tras haber realizado unas costosas obras de conservación. Este edificio resulta de gran interés para conocer la evolución en la arquitectura industrial bodeguera de Sanlúcar.

miércoles, 18 de julio de 2007

COMERCIOS CON ANTIGÜEDAD. “CASA LORA”

COMERCIOS CON ANTIGÜEDAD. “CASA LORA”




De carácter emprendedor, motivada por contingencias familiares adversas, era Rosario Lora Vallejo (1888-1956), sanluqueña y fundadora del negocio existente actualmente en la calle Ancha nº 37. Por su ambiente familiar conocía el mundo del pequeño comercio. José Lora Borrego, su padre, había venido a Sanlúcar desde su natal Morón de la Frontera (Sevilla) para “buscarse la vida” y, probablemente empezara como dependiente. Lo cierto es que en 1871, ya casado con la sanluqueña Josefa Vallejo García, ejercía como confitero y vivía en la calle Don Claudio 6; y en 1877 como tejedor y en el Carril. Doce años después ya tenía un comercio en la calle Santo Domingo en donde vendía cristal, artículos de perfumería y quincallas, que al poco tiempo trasladó a la cotizada calle Ancha o Duque de Montpensier, (hoy “Banesto”). Al enfermar y luego morir José Lora, la joven Rosarito Lora arrostra con el negocio de su padre -tras dejar sus estudios en el colegio-, primero junto a su madre y luego a solas.
Aparece en su vida Manuel de Diego Brignole, sanluqueño de ascendencia cántabra y genovesa, con el que se casa en 1913, pero le condiciona a desprenderse del negocio y a dedicarse exclusivamente a la labores de su casa.
Durante siete años de matrimonio es la consorte del secretario del Juzgado Municipal, también hombre de negocios (tablajería, bodegón), quien además por afición taurina representó a unos contratistas sevillanos que explotaban la Plaza de Toros, y dado su prestigio fue Presidente del Círculo de Artesano. Es la cuñada del Hilario de Diego, Director de El Profeta y La Voz de Sanlúcar, conocida publicación con una sección literaria, donde iniciaría sus “balbuceos literarios” Manuel Barbadillo.




En 1921 muere Manuel de Diego, dejando a su viuda con tres hijos pequeños de seis, cinco y un año; una tía hermana de su madre de unos 80 años y una sobrina en una difícil situación de la que había que salir hacia delante. Alquila un local digno en la calle Ancha 15, bajo la condición de quedarse con la planta primera en cuanto que se fueran sus inquilinos. Mientras se instala la familia en la trastienda. Rosario Lora conocía el negocio de sus padres, pero lo que había traspasado era una zapatería. De manera que comienza la aventura empresarial, en principio consistió en vender los zapatos y, luego hacerse con los géneros conocidos de bordados, encajes, perfumería, bisutería…
Empiezan los años felices, en la Guía de Sanlúcar de 1927 se anuncia “PERFUMERÍA ESPAÑOLA DE VIUDA DE DIEGO. Casa especial en medias y calcetines de todas clases. Lana y sedas para hacer labores. Bisutería, Camisería, quincalla y paquetería. Ancha 15”.
Durante la Segunda República la calle Ancha fue un foco de revueltas y huelgas, que se manifestaban en el cierre de las tiendas o en el rompimiento de escaparates: crisis. La guerra civil y la movilización de los jóvenes dejaron también sin los varones a la viuda de Diego. Con toda probabilidad, la escasez dejaría sin géneros al negocio en los años de posguerra. La situación debió generar solo a corto plazo pingüe ganancia, puesto que en 1938 la viuda pide permiso al Ayuntamiento para construirse en la Calzada una casa, y en 1940 otro para levantar un “hotelito” también en la Calzada, pero haciendo esquina con la avenida de la Estación (ambos existentes), dándosele el nombre de “Virgen de la Esperanza” –advocación venerada por la familia. De cuya Hermandad tan marinera fueron cooperadores, cofrades y directivos madre e hijos, incluso José María Lora -abogado-fundó una Cofradía en Cuenca.
El verde de la Esperanza dominó como color en la fachada del comercio desde 1946: los rótulos en azulejo de fondo amarillo, letras y marco verdes; y las puertas de fondo verde y los marcos en verde oscuro.
El hijo mayor, Manuel de Diego Lora, tomará el comercio, y al mismo tiempo estudiará música, titulándose en el Conservatorio de Música y Declamación de Cádiz (1934), impartirá clases de piano, fundará junto a Luis Romero el Orfeón de Santa Cecilia (1943) donde ejercerá como pianista, organista, subdirector y director. La Ciudad de Sanlúcar en 1986 dará su nombre a una de sus calles, reconociendo así su labor musical. Tras su jubilación y la de su mujer, Caridad Rodríguez, sus hijas –Caridad y Rosario- llevarán el negocio de los Lora: la cuarta generación; y su hijo José Manuel de Diego proseguirá su vocación musical desde el Conservatorio de Música de Sevilla, donde es profesor.
El menor de Rosario Lora, Carmelo de Diego Lora, accedió a la Universidad, ejerció como Magistrado, y después de abrazar el sacerdocio, se especializó en Derecho Canónico, siendo experto reconocido internacionalmente.

sábado, 14 de julio de 2007

COMERCIOS DE SANLÚCAR CON ANTIGÜEDAD. "LA X, 4"

COMERCIOS CON ANTIGÜEDAD. “LA X, 4”


Josefa Luisa Lozano Rodríguez (Sanlúcar, 1882) se inicia en el comercio como dependienta en la mercería y perfumería, que su tío Francisco Lozano tiene en la calle Cruces 1, con puerta a la calle Ancha. Esquina donde estuvo la Ermita del Dulce Nombre, donde tenía sede la Cofradía del Niño Jesús de los Panaderos antes de 1576.
Por otro lado José Medina Collado (Alcaudete-Jaén, 1881) dependiente y, luego encargado de la tienda de tejidos de la calle Santo Domingo, propiedad en ese momento de Martín Santaolalla García, cuyos mostradores y mesas se extendían sobre un magnífico patio, y su alto cuenta hoy con uno de los pocos artesonados que quedan en Sanlúcar.
Ambos se hacen empresarios independientemente y luego novios. Pepita Lozano compra la mercería a su tío hacia 1906. José Medina alquila un pequeño local en Santo Domingo 1 para abrir una tienda de camisas a medidas y complementos. Esta casa debió ser la de Angulo, que se demolió para ampliar la calle Santo Domingo Estrecha y que formaba la conocida “Rinconá Sarmiento”. Según Francisco Medina Lozano, quien gentilmente me ha facilitado los datos, su padre contaba entonces con un capital de 4000 reales, insuficiente para comprar mayor mercadería, de manera que completó las estanterías con cajas vacías de la tienda de su novia y con algunas maletas de viajes que le prestó su antiguo jefe Santaolalla.
En 1911 la empresa “Salido Hermanos” con imprenta en Jerez, y papelería en Sanlúcar -calle Ancha 36- traspasa el negocio con sus enseres –inventariados en 2002 Ptas.- al nuevo matrimonio Medina-Lozano. Ya al año siguiente hacen publicidad en el “Carné” de verano o guía publicitaria cuyo texto dice: “Camisería, Perfumería, Bisutería, Artículos de punto y Útiles de escritorio”. Y curiosamente Miguel Salido La Cal pone su imprenta en Santo Domingo 1.

La favorable coyuntura económica de la 1ª Guerra Mundial en España, se hace notar en Sanlúcar. La pareja empresarial compra las casas de calle Cruces y la paredaña, unificándolas después. De esta unión nace “La X, 4”. Curioso nombre –posteriormente registrado- tomado de las tarifas de transporte que la Compañía de Ferrocarriles Andaluces ofrecía, siendo la X1 la superior y, la X4 la más económica y rápida.
La Guerra Civil, su preludio, y la posguerra de hambre, racionamiento, escasez de artículos decaen al comercio, que saca cabeza por los cuarentas, y se expandirá con la apertura de tiendas en Sanlúcar, Lebrija, Chipiona y un almacén al por mayor en Sevilla.
A partir de 1950 por venta y herencia los hermanos Medina Lozano caminan independientemente. Sin embargo Calili –bien recordada- y Paco continuarán juntos en Ancha 31. También realizarán cambios formales y empresariales que darán buenos beneficios. Este último compra en 1955 la finca 29, contigua, y la une a la 31. Casi a los diez años, la 29 abre su propia puerta a la calle, se moderniza y se especializa en ropa y complementos para caballeros. Y tal cual existe hoy.

Este negocio y casa fue vendida por Paco Medina a su primo y colaborador Isidoro Montaño que levantará un nuevo edificio: claro en sus líneas, un fanal para mostrar buen producto. Revistas de arquitectura como Diseño Interior y ON-Diseño le han dedicado reportajes interesantes. “El nuevo espacio comercial significa un nuevo concepto en nuestra ciudad en la distribución y exhibición de los artículos que se ofrecen como por la comodidad y sencillez”.

domingo, 8 de julio de 2007

ANTIGUOS COMERCIOS DE LA CALLE ANCHA



ANTIGUOS COMERCIOS DE LA CALLE ANCHA

La vocación marítima-comercial de Sanlúcar se enraíza en la Alta Edad Media, sobre todo cuando la villa empieza a poblarse fuera de sus murallas, y concretamente en la zona del Barrio Bajo. Comerciantes extranjeros y foráneos se instalan al amparo de los privilegios concedidos por los Guzmán, Señores de la Villa y de la Ciudad. Por la Cuesta de Belén, Bretones y Truco, se abren las tiendas y casas de los comerciantes hasta desembocar en la calle Larga de los Mesones, pasando por la entonces gran plaza de la Ribera, que quedará dividida en el siglo XVIII al erguirse el edificio del Cabildo. En la misma centuria se construye el Mercado de Abastos, que propiciará la apertura de tiendas en la calle Trascuesta y restará paulatinamente protagonismo comercial a la calle Bretones.
La conquista de tierras africanas, Canarias y América harán de Sanlúcar un emporio comercial, sobre todo al tener el Puerto de Sevilla-Sanlúcar primero y después Cádiz el monopolio del comercio con el Nuevo Mundo. Del comercio al por menor, algunas familias pasarán al comercio al por mayor y a ser propietaria de tierras -más noble- constituyendo el cuerpo de lo cargadores a Indias, más sonoro el apelativo que el de tratantes con Indias. Sus huellas han quedado en el extraordinario caserío sanluqueño. La pérdida de las colonias hace disminuir el flujo comercial, que ya era menor antes de la Independencia, pues el Virreinato de México prácticamente se auto abastecía sin necesidad de importar género de la metrópolis. Pero aún quedaba Cuba, Filipinas dependientes económica y políticamente de España. Por tanto en la Sanlúcar decimonónica siguen abriéndose tiendas de coloniales, ultramarinos, tabernas y todo tipo de comercios. Estos irán disminuyendo con el desastre del 98, y Sanlúcar se abandona sin buscar más alternativa en la vitivinicultura y, en la venta y expansión comercial del vino. La ciudad de la Edad Moderna centro de atracción de inmigrantes, donde un sastre o un vendedor de cuentas de cristal podía llegar a se hidalgo y cargador a Indias, es solo un memento.
A pesar de todo, la calle Ancha continúa siendo la calle principal y la más comercial; como consecuencia la más afecta al cambio de fisonomía por imperativo de la moda, que a veces se ha comportado agresiva con el medio; imponiéndose no sólo diseños estandarizados por bancos y franquicias de lejana procedencia, sino también pastiches propios.



Entre los comercios de finales del siglo XIX, cabe destacar por haber perdurado a través de varias generaciones hasta hoy día: “La X, 4”, “Rosarito Lora”, dos mujeres protagonizarán el nacimiento de estos comercios, y “Casa López”.
Otros establecimientos comerciales, existentes desde 1900, desaparecerían: ultramarinos (“San José”, “Las Baleares” o “Plus Ultra”…), tiendas de tejidos y quincallas (Carrascosa, “Sáenz y Cia”, Celestino Ridruejo, Morgado, “Martínez y Cia”), de loza fina (Montferrer), ferreterías (Carrascosa, Latorre), barbería (Isla), casinos y clubes, sastrerías (Mosquera, Hoyos, Cañero), sombrererías (Benavente, Llera), cervecerías ( Arraigosa, “El Munich”), confiterías (Federico Pozo, J. Pampín…), droguerías (Camacho…), bares con veladores en la calle y el viejo Teatro Principal. Distinto tratamiento toca a las farmacias por ser un laboratorio con mostrador y cuyos titulares tenían otro perfil cultural: Durán, Lucas Moreno…); lástima que algunas no se hayan conservado tal cual, como en otras ciudades. Menos profusa en comercio eran la calle Santo Domingo, Gallegos, San Roque, pero notables también. De los entablados que recubrían los muros de los comercios, pintados con colores y rotulados sus nombres, quedaba únicamente el de Casa Porrúa. Las ménsulas de hierro para tender el toldo, así como los fustes con una farola o de dos brazos y dos bombas pendientes sólo podemos recordarlos a través de las postales de esos años primeros del novecientos. El pez grande (súper, hiper) se fue comiendo al chico, sobreviviendo los técnicamente modernizados. La venta personalizada, hoy ansiada por los habitantes de grandes ciudades, faltos de comunicación directa, y reivindicada por las “cittalow”, quizás por que ya aquellos vienen de vuelta del estresante “progreso”, la vamos perdiendo en Sanlúcar. Una nueva fórmula propia de grandes ciudades: “mina” de empleo, los centros comerciales -dentro o fuera del casco urbano normalmente- se ha adoptado, aún no se han evaluado sus resultados. Descanse en paz el Teatro Principal.