
El último tercio del siglo XIX excluye todavía a 1a mujer de derechos políticos y civiles, por considerándosele capitidisminuida. La Carta Magna de la Restauración establecía el sufragio censitario. Sólo los hombres con ciertas rentas y capacidades podían votar. Con mayor retraso, a la cola de la política, funcionaban las mentalidades, y del mismo modo se comportaba la vida social, todavía más rigurosa en lo concerniente a la mujer.
Las tareas femeninas quedaban circunscritas al hogar, la iglesia y los niños. Y para estos fines, se educaban a las niñas y jóvenes, con más o menos "adornos", según la posición que fuera a ocupar en la sociedad.
El camino, que la tradición había trazado para la mujer, fue mantenido tal cual por la minoría burguesa dominante, que en estos años deseaba pocos cambios.
"Ocupaciones propias de su sexo", así definen algunos documentos la profesión de la mujer. Con tono más aristocrático, suena "el gobierno de la casa", que presupone una gran casa con servidumbre dirigida por la señora.
Otra alternativa de la mujer era abrazar la vida religiosa, donde podía escalar, según su inteligencia o ambición, diversos escalones. De lega a monja, de priora o superiora hasta llegar al generalato.
Con los cambios producidos en el estamento eclesiástico: la exclaustración de órdenes religiosas y el nacimiento de las congregaciones, disminuyen aquéllas que se dedicaban al cuidado de los enfermos, y aumentan éstas dedicadas a la educación. El Estado Liberal, al asumir paulatinamente la beneficencia y la educación, necesitará de profesionales laicas: matronas, enfermeras y maestras, que se considerarán por encima de la institutriz doméstica.
Aquella mujer que pretendía llegar más allá de los estudios secundarios, estaba mal vista; y así lo sentenciaba el dicho popular: "mujer que estudia Latín no tendrá buen fin".
Tampoco se daba realce a la mujer que trabajaba para la calle, y menos al marido, que se sentía humillado, sí lo consentía. En este grupo, se integraban tanto las mujeres de oficios domésticos: costureras, lavanderas..., como las que trabajaban detrás de un mostrador, ya fueran amas o dependientas.
La mujer soltera se consideraba como incompleta o solterona de vestir santos. Más respetabilidad inspiraba la viuda que había tenido hijos y alargado la progenie del marido. Y tanto unas como otras atesoraban honorabilidad, si dedicaban parte de su tiempo a empresas religiosas, de apostolado o de catequesis. La mujer moderna de los años 20 podría ser más extravagante en formas y usos, pero en sustancia su inteligencia interesaba que quedara dormida. De tal modo que la lectura de una tesis doctoral por una mujer, podía provocar una manifestación en las puertas de la Universidad.
Centrándonos en la figura de Gertrudis Martínez, caben hacerse varias preguntas. ¿Cómo se atrevió a estudiar la carrera de farmacia tan reservada a los varones, ya fueran frailes que guardaban sus secretos en sus bibliotecas, y sus prácticas realizaban en las llamadas "huertas del boticario"; ya seglares que debían procurar no ser acusados de magia?. ¿Porqué estudio por libre: por falta de dinero para estudiar en Granada, o porqué restaba honorabilidad que una mujer viviera sola en una pensión, ya que no existían Colegios Mayores femeninos?.
Por último, si fue una de las primeras farmacéuticas andaluzas, ¿cómo vivió el retroceso que la mujer experimentó a partir de la Guerra Civil?.